Nos dicen que votemos. Que esta vez sí. Que ahora sí ganamos. Que el mundo nos ve. Que hay que tener fe. ¡Como si no hubiésemos votado antes! Como si el 28 de julio no hubiésemos marchado en masa, con esperanza, con dignidad, y demostrado que somos más. Y aún así, aquí estamos: con el dictador campante, como quien ni se despeinó. Así que no, gracias. Esta vez no voy a votar. Voy a botar. Voy a botar la ingenuidad de creer que enfrentamos a demócratas en campaña y no a criminales aferrados al poder. Voy a botar la narrativa complaciente que llama «proceso» a esta farsa. Voy a botar el miedo, el cansancio, el chantaje de «si no votas, no existes». ¡Existimos! Y también vemos —con dolor y asombro— a quienes traicionaron el espíritu del 28 de julio, los que alguna vez marcharon con nosotros y hoy se lanzan a recoger migajas, los que negocian desde el hambre del pueblo y se arrodillan esperando un favor. No. No estamos hechos para limosnas disfr...