jueves, 15 de diciembre de 2016

Un régimen de ladrones

Gustavo Yepes


Es público y notorio que el grupito de enchufados que usurpan el poder ha robado descaradamente. Sus fortunas son descomunales, sus propiedades innumerables, sus familiares estudian o dilapidan sus fortunas en países lejanos. Esto está suficientemente demostrado y la justicia llegará más temprano que tarde. Pero este no es el motivo central de mi reflexión. Ellos han robado mucho más que dinero.


Se robaron las instituciones llevándose por delante a la Constitución, y con ellas se robaron todas las iniciativas que no provengan de sus mentes maquiavélicas.

Nos robaron el voto, el elemento más visible de una democracia. Cuando somos mayoría, nos roban el derecho a que nuestros representantes ejecuten nuestro mandato. Como ya es obvio que perdieron esa mayoría, no nos permiten ejercer de nuevo ese sagrado derecho.

Han robado los alimentos del pueblo. Las madres, los abuelos, los niños que todos hemos visto hurgando y a veces comiendo directamente de la basura, lo hacen porque les robaron la comida. Los niños y los ancianos que han muerto de hambre podrían estar vivos si no hubiesen sido víctimas de este robo.

Se robaron las medicinas y los insumos médicos. Cada bolívar y cada dólar robado pudieron ser invertidos en medicamentos, en insumos y equipos médicos. Por el contrario, este robo ha causado la muerte o el sufrimiento extremo de cientos de miles de venezolanos que hubieran podido celebrar las navidades y hoy ven enlutados sus hogares.

Nos robaron la justicia y en consecuencia le robaron la vida y la libertad a decenas de miles de venezolanos, porque la pobreza genera delincuencia. Los delincuentes de la calle nos roban y matan impunemente, y los delincuentes de toga y birrete nos roban la libertad, y se dedican a perseguir las ideas y no a los ladrones y a los asesinos, ellos incluidos.
 
Le robaron la dignidad a una gran cantidad de venezolanos, incluyendo uniformados, que se han arrodillado y son capaces de hacer cualquier cosa que se les diga para poder sobrevivir en unos casos, o llenarse las alforjas en otros.

Nos robaron el gentilicio venezolano, con sus virtudes y defectos, pero siempre apuntando a lo positivo. Hoy somos representados por personajes que nos deshonran a nivel mundial.

Nos han robado el ejercicio de la libertad y en algunos casos la libertad misma a quienes se han doblegado. No podemos salir a la calle sin precauciones extremas, no podemos transitar libremente por el territorio nacional, no podemos viajar a menos que hagamos grandes sacrificios, no podemos disponer libremente de nuestro dinero y de nuestras propiedades, no podemos expresarnos libremente sin riesgo a ser perseguidos.

Nos han robado el derecho a tener una familia unida, ya que nuestros hijos y nuestros seres queridos se están viendo obligados a huir en  busca de un destino incierto, pero seguramente mejor que el que les depara nuestro país.

Nos han robado el tiempo, nuestro recurso vital, el cual tenemos que malgastar en colas, en trámites, o en el ocio de quien no tiene forma de invertirlo en actividades productivas o de esparcimiento.

Le han robado la alegría a la mayoría de nuestros niños, quienes hoy tienen que ocuparse de ver que comen o de que no los secuestren o maten.

En fin, han robado mucho más que el dinero que hoy acumulan. El conjunto de robos mencionados conforman delitos de lesa humanidad y por eso no van a permitir que les arrebatemos por las buenas el bien más preciado que han robado, que no es el otro que el poder.  

¿Es tan difícil entender esto?

lunes, 28 de noviembre de 2016

Cómo recordaré a Fidel

Gustavo Yepes

Ya su alma fue juzgada y está donde debe estar. Ahora le tocará el juicio de la historia, el de su pueblo, el de sus amigos y adversarios, el de sus víctimas. Sólo se salvó del juicio de los tribunales. Yo no soy quién para juzgar a ningún ser humano, pero eso no impide que tenga recuerdos de todos los que han tenido alguna influencia sobre mí y él no ha sido la excepción.

Hay quienes dicen que amó a su pueblo. Yo lo recordaré como un dictador que asesinó a miles, envió al exilio a cientos de miles, y oprimió a millones de sus compatriotas. También recordaré a muchos de los que él decía amar huyendo de la isla en precarias balsas y ofrendando sus vidas por escapar de algo que, definitivamente, no era amor. Concibo el amor como el sentimiento más sublime, incompatible con un ser cuyas manos están manchadas de tanta sangre.

Algunos lo recuerdan por haber sido buen amigo. Yo lo recordaré como una persona que consideraba “amigo” sólo a quien comulgaba con sus ideas, llegando al extremo de enviar a la cárcel, al paredón o al exilio a un buen número de quienes antes fueron sus amigos.

Otros lo alaban porque era capaz de hablar sin guión por largos períodos de tiempo. Yo lo recordaré como una persona que habló miles y miles de horas del mismo tema ante una audiencia que, en muchos casos, no tenía más remedio que estar presente, escuchándolo, para poder subsistir.

Aquellos que lo conocieron dicen que leía mucho y era muy instruido. Yo lo recordaré como alguien que coartó toda posibilidad de que su pueblo accediera al conocimiento universal en aras de un pensamiento único que lo mantuviera por siempre en el poder.  

Algunos lo recuerdan por que no se le escapaba nada de lo que pasaba en la isla. Yo lo recordaré como el creador de un sistema de inteligencia, del cual forman parte los infames CDR, que se encarga de espiar a la familia, a los amigos, a los vecinos, para que el gran jefe sepa todo lo que está pasando y pueda tomar cartas en el asunto.

Muchos afirman que libró de forma valiente una solitaria lucha contra “el imperio”. Yo lo recordaré como un tirano que sacrificó la felicidad de su pueblo por esa lucha, en un mundo en el cual, cada vez más, todos dependemos de todos y nos hace falta más unión y menos guerras.

La mayoría coincide en que su nombre y su legado pasarán a la historia. Yo coincido con ellos y tendré presente su imagen  en la galería de los grandes asesinos que ha conocido la humanidad.


Los que hoy nos oprimen lo recuerdan como un padre. Yo lo recordaré como un tirano que se va a la tumba después de cumplir uno de sus grandes sueños, como era ponerle las manos a la joya más preciada de la corona: nuestra querida Venezuela. 

Está en nuestras manos lograr que eso se revierta.

martes, 18 de octubre de 2016

El derecho a la rebelión

Hace 9 años publiqué el artículo que reproduzco a continuación, donde transcribo las ideas de quien hoy es amo y señor de nuestro país. Hoy, sólo le cambiaría una palabra: usaría “deber” en lugar de “derecho”.



El derecho a la rebelión

Gustavo Yepes
Agosto 11, 2007

Corría el año 1953, cuando  un joven abogado fue sometido a la justicia de su país por un acto de rebelión del que fue cabecilla. Durante el juicio que le siguieron, el joven asumió su autodefensa, y su alegato, hecho de forma improvisada, es recogido en un documento titulado "La historia me absolverá”. Al ordenar posteriormente su publicación, el autor señala a sus "compañeros de lucha" lo siguiente: "La importancia del documento es decisiva; ahí está contenido el programa de la ideología nuestra, sin la cual no es posible pensar en nada grande"

Hoy en día, el otrora joven abogado se encuentra en las postrimerías de su vida, después de tiranizar a su pueblo durante medio siglo. Me permito a continuación reproducir un fragmento de este documento, el cual contiene las ideas de Fidel Castro Ruz, su autor, acerca del derecho  que tienen los pueblos a la rebelión bajo ciertas circunstancias. Este fragmento no tiene desperdicio y su vigencia, 54 años después, es incuestionable.

La historia me absolverá
Fidel Castro Ruz 

… El derecho de rebelión contra el despotismo, señores magistrados, ha sido reconocido, desde la más lejana antigüedad hasta el presente, por hombres de todas las doctrinas, de todas las ideas y todas las creencias.

En las monarquías teocráticas de las más remota antigüedad china, era prácticamente un principio constitucional que cuando el rey gobernase torpe y despóticamente, fuese depuesto y reemplazado por un príncipe virtuoso.

Los pensadores de la antigua India ampararon la resistencia activa frente a las arbitrariedades de la autoridad. Justificaron la revolución y llevaron muchas veces sus teorías a la práctica. Uno de sus guías espirituales decía que "una opinión sostenida por muchos es más fuerte que el mismo rey. La soga tejida por muchas fibras es suficiente para arrastrar a un león."

Las ciudades estados de Grecia y la República Romana, no sólo admitían sino que apologizaban la muerte violenta de los tiranos.

En la Edad Media, Juan de Salisbury en su Libro de hombre de Estado, dice que cuando un príncipe no gobierna con arreglo a derecho y degenera en tirano, es lícita y está justificada su deposición violenta. Recomienda que contra el tirano se use el puñal aunque no el veneno.

Santo Tomás de Aquino, en la Summa Theologíca, rechazó la doctrina del tiranicidio, pero sostuvo, sin embargo, la tesis de que los tiranos debían ser depuestos por el pueblo.

Martín Lutero proclamó que cuando un gobierno degenera en tirano vulnerando las leyes, los súbditos quedaban librados del deber de obediencia. Su discípulo Felipe Melanchton sostiene el derecho de resistencia cuando los gobiernos se convierten en tirano. Calvino, el pensador más notable de la Reforma desde el punto de vista de las ideas políticas, postula que el pueblo tiene derecho a tomar las armas para oponerse a cualquier usurpación.

Nada menos que un jesuita español de la época de Felipe II, Juan Mariana, en su libro De Rege et Regis Institutione, afirma que cuando el gobernante usurpa el poder, o cuando, elegido, rige la vida pública de manera tiránica, es lícito el asesinato por un simple particular, directamente, o valiéndose del engaño, con el menor disturbio posible.

El escritor francés Francisco Hotman sostuvo que entre gobernantes y súbditos existe el vínculo de un contrato, y que el pueblo puede alzarse en rebelión frente a la tiranía de los gobiernos cuando éstos violan aquel pacto.

Por esa misma época aparece también un folleto que fue muy leído, titulado Vindiciae Contra Tyrannos, firmado bajo el seudónimo de Stephanus Junius Brutus, donde se proclama abiertamente que es legítima la resistencia a los gobiernos cuando oprimen al pueblo y que era deber de los magistrados honorables encabezar la lucha.

Los reformadores escoceses Juan Knox y Juan Poynet sostuvieron este mismo punto de vista, y en el libro más importante de ese movimiento, escrito por Jorge Buchnam, se dice que si el gobierno logra el poder sin contar con el consentimiento del pueblo o rige los destinos de éste de una manera injusta y arbitraria, se convierte en tirano y puede ser destituido o privado de la vida en el último caso.
Juan Altusio, jurista alemán de principios del siglo XVII, en su Tratado de política, dice que la soberanía en cuanto autoridad suprema del Estado nace del concurso voluntario de todos sus miembros; que la autoridad suprema del Estado nace del concurso voluntario del gobierno arranca del pueblo y que su ejercicio injusto, extralegal o tiránico exime al pueblo del deber de obediencia y justifica la resistencia y la rebelión.

Hasta aquí, señores magistrados, he mencionado ejemplos de la Antigüedad, la Edad Media y de los primeros tiempos de la Edad Moderna: escritores de todas las ideas y todas las creencias. Más, como veréis, este derecho está en la raíz misma de nuestra existencia política, gracias a él vosotros podéis vestir hoy esas togas de magistrados cubanos que ojalá fueran para la justicia…

… El derecho de insurrección contra la tiranía recibió entonces su consagración definitiva y se convirtió en postulado esencial de la libertad política.

Ya en 1649 Juan Milton escribe que el poder político reside en el pueblo, quien puede nombrar y destituir reyes, y tiene el deber de separar a los tiranos.

Juan Locke en su Tratado de gobierno sostiene que cuando se violan los derechos naturales del hombre, el pueblo tiene el derecho y el deber de suprimir o cambiar de gobierno. "El único remedio contra la fuerza sin autoridad está en oponerle la fuerza."

Juan Jacobo Rousseau dice con mucha elocuencia en su Contrato Social: "Mientras un pueblo se ve forzado a obedecer y obedece, hace bien; tan pronto como puede sacudir el yugo y lo sacude, hace mejor, recuperando su libertad por el mismo derecho que se la han quitado." …

…Thomas Paine dijo que "un hombre justo es más digno de respeto que un rufián coronado".
Sólo escritores reaccionarios se opusieron a este derecho de los pueblos, como aquel clérigo de Virginia, Jonathan Boucher, quien dijo que "El derecho a la revolución era una doctrina condenable derivada de Lucifer, el padre de las rebeliones".

La Declaración de Independencia del Congreso de Filadelfia el 4 de julio de 1776, consagró este derecho en un hermoso párrafo que dice: "Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales; que a todos les confiere su Creador ciertos derechos inalienables entre los cuales se cuentan la vida, la libertad y la consecución de la felicidad; que para asegurar estos derechos se instituyen entre los hombres gobiernos cuyos justos poderes derivan del consentimiento de los gobernados; que siempre que una forma de gobierno tienda a destruir esos fines, al pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios y organice sus poderes en la forma que a su juicio garantice mejor su seguridad y felicidad."


La famosa Declaración Francesa de los Derechos del Hombre legó a las generaciones venideras este principio: "Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es para éste el más sagrado de los derechos y el más imperioso de los deberes." "Cuando una persona se apodera de la soberanía debe ser condenada a muerte por los hombres libres."

domingo, 15 de mayo de 2016

Los petrocómplices

"El mundo no será destruido por lo que hacen el mal, 
sino por aquellos que nada más se quedan mirando" 
Albert Einstein

Hace pocos días la Asamblea Nacional aprobó una exhortación al Ejecutivo, al TSJ y al CNE, exigiéndoles que cumplan la tan vapuleada constitución. Esta exhortación fue enviada a las embajadas de todos los países y a los organismos multilaterales, para que la comunidad internacional escuche la voz democrática más autorizada y sepa, aunque ya lo saben, que en Venezuela no hay democracia.

Algunas personas me han manifestado que la comunidad internacional no ha reaccionado ante este importante documento. Yo les comento que ella tradicionalmente ha sufrido de un problema neurológico: su reacción ante el estímulo es muy tardía, tanto que a veces esa reacción ocurre después que el paciente falleció. En esos casos, generalmente hay declaraciones tardías y discursos apasionados para que “cosas como esas no vuelvan a suceder”. Y cosas como esas vuelven a suceder, inexorablemente.

En el caso de Venezuela, al problema neurológico citado se une el hecho de que muchos gobernantes se han convertido, conscientemente y sin excusas posibles, en “petrocómplices” de nuestra desgracia. Ellos esconden la cabeza como el avestruz mientras el chorro de petróleo los siga salpicando. Les voy a recordar a esos personajes, ellos ya lo saben, en lo que los sinvergüenzas que nos gobiernan han convertido a Venezuela durante los últimos 17 años.

Somos un país donde se aplica una constitución que fue rechazada por el pueblo y se acusa de traidores y criminales a quienes piden que se aplique la constitución vigente. Un país que ha destruido el aparato productivo y se amenaza y persigue a quien intenta producir. Un país cuyos gobernantes se dicen socialistas y han promovido la explotación del pobre por el pobre dentro de un esquema del más salvaje capitalismo; que afirman que podemos alimentar a tres países y son incapaces de alimentar al suyo; que dicen representar al pueblo y desconocen la voz del pueblo fuertemente expresada el 6 de diciembre. Un país en el cual las “zonas de paz” decretadas por el régimen se convierten automáticamente en las zonas más peligrosas para el ciudadano común; done se vocifera haber humanizado las cárceles y las han convertido en los centros de comando del delito organizado; donde ver a un policía o a un militar uniformado produce temor en lugar de tranquilidad. Un país que ha reeditado los principios goebbelianos del nazismo en su versión moderna y mejorada. Un país cuyos gobernantes exigen a las madres la partida de nacimiento de sus hijos para venderles un poquito de leche y unos cuantos pañales y no muestran una partida de nacimiento y una de defunción que podrían desenmascarar una de las más grandes estafas en la historia de la humanidad. Un país donde cada vez es más frecuente que los padres entierren a sus hijos; cuyos ciudadanos se alegran cuando consiguen unos granos de arroz, un poquito de leche, o un rollo de papel higiénico, y se alegran aún más cuando son víctimas del hampa y viven para contarlo; donde cada ciudadano tiene su propia historia que contar acerca de la inseguridad, a cual más trágica. Un país cuyos gobernantes han sido salpicados por la corrupción extrema y el narcotráfico y usan nuestro dinero, el que nos hace falta para sobrevivir, para defender a esos rufianes de cuello rojo y verde oliva. Un país donde aquellos que han obtenido una vivienda a cambio de lealtad son obligados a marchar para exigir que no les otorguen el título de propiedad de sus viviendas. Un país donde los ciudadanos entran a una panadería a preguntar si hay pan, a una carnicería a preguntar si hay carne, a una tienda de repuestos a preguntar si hay repuestos, a una farmacia a preguntar si hay medicamentos. Un país que rechaza la ayuda humanitaria que los ciudadanos necesitamos con urgencia, que objeta cualquier pronunciamiento distinto a la sumisión e insulta a quien se atreva a hablar, que tortura a sus jóvenes y persigue al que piensa distinto. Un país seco y oscuro gracias a la eficiente labor de quienes fueron designados para lograr ese perverso objetivo. Un país, en fin, en el cual vivir, o más bien sobrevivir, se ha convertido en una aventura extrema.

Todo esto sucede, de esto no tengo duda, porque así fue planificado y escrupulosamente ejecutado durante estos 17 años. Y todo ha sucedido bajo la mirada encubridora, y algunas veces con el decidido apoyo de los “petrocómplices”.

Es obvio que la solución de nuestros problemas está en nuestras manos. Nadie desea una intervención armada como ridículamente nos quieren hacer creer. Pero la comunidad internacional tiene un deber que cumplir, porque así lo asumió al suscribir la Declaración Universal de los Derechos Humanos y documentos tan importantes en su letra y tan inoperantes en la práctica como la Carta Democrática de la OEA o la cláusula democrática de UNASUR, las cuales sólo han servido para defender a los miembros del Club de Presidentes, y no a los pueblos que sufren de regímenes que, definitivamente, no son democráticos. La comunidad internacional tiene que ser importante, porque de no ser así, el régimen venezolano no hubiera dedicado tanto esfuerzo y tantos petrodólares para comprar la conciencia de tantos gobernantes.

Los venezolanos nunca olvidaremos quienes son los culpables y quienes son los cómplices. Allá ellos con sus conciencias. Nosotros resolveremos nuestros problemas y la historia, cuando no los tribunales, juzgará a quien tenga que juzgar.


...