Soy católico. Y fui educado —como tantos— bajo una ética que se nutre de los Diez Mandamientos: no matarás, no mentirás, no robarás, no levantarás falso testimonio. No lo digo como adorno cultural, sino como brújula. Por eso me inquieta ver cómo se relativiza la verdad o se trata la violencia como “precio inevitable” de la política.
En Venezuela
esa violencia no es teoría. Está documentada, con patrones claros: asesinatos,
desapariciones, detenciones arbitrarias, torturas, tratos crueles, persecución
sistemática. Con ese marco, yo esperaría un reflejo instintivo en la Iglesia:
ponerse del lado de los oprimidos, con claridad. Y nunca, nunca colocarse del
lado del opresor, ni por acción ni por omisión.
Y aquí
empieza mi conflicto: esa claridad no siempre se ve. La Iglesia en Venezuela ha
hablado en momentos clave y la Conferencia Episcopal ha llamado a respetar la
voluntad popular y a exigir transparencia electoral. Eso debe reconocerse.
Pero, en el terreno donde vive el fiel común, los gestos pesan más que los
comunicados. Y cuando los gestos confunden, la confianza se resiente.
Además, hay
algo que duele decir, pero sería deshonesto callarlo: existen sacerdotes que
muestran, sin vergüenza, su adhesión al régimen. Y lo hacen incluso sabiendo el
costo humano de esa cercanía. Mientras tanto, otros sacerdotes que se atreven a
decir la verdad —en la homilía, en la calle, acompañando a víctimas— han sido
atacados, señalados, presionados o arrinconados. No pocas veces, el mensaje
parece ser este: “no te metas”, “baja el tono”, “no incomodes”. Como resultado,
muchos han terminado fuera del país: por miedo, por agotamiento, por
persecución directa o indirecta, o simplemente porque se les cerraron los
espacios para ejercer su ministerio con libertad.
Roma,
además, insiste en la negociación incluso después de tantos acuerdos
incumplidos. Se entiende la intención: evitar más violencia, evitar más
derramamiento de sangre. Pero, ¿cómo reparar la sangre que ya se ha derramado
en los últimos 26 años? Y, sobre todo: ¿cuántas veces hay que comprobar que un
régimen autoritario no solo “gana tiempo”, sino que incumple, se burla de lo
firmado y luego pide más negociación como si nada? ¿En qué momento la prudencia
se convierte en inercia, y la inercia en coartada?
Mi
desconcierto se profundizó con un episodio litúrgico convertido en señal
política. En la “Misa del Deporte”, oficiada por el arzobispo de Caracas, Raúl
Biord, se pidió en oración por la “liberación” de Maduro y Cilia Flores,
presentados como “secuestrados”. No sé cómo se repara el escándalo de confundir
el altar con el guion de propaganda. ¿Qué oye un familiar de presos políticos
cuando la Iglesia aparece asociada —aunque sea por ambigüedad o por falta de
corrección inmediata— a esa narrativa? ¿Qué siente quien ha enterrado a un
hijo, quien fue torturado, quien tuvo que huir?
En esa línea
de confusión pública, apareció la denuncia de Mariana González, quien habló de
presuntos intentos de extorsión o presión en espacios vinculados, entre otros,
a la Iglesia. La Arquidiócesis lo negó de forma categórica. Yo no soy juez.
Pero sí tengo una exigencia católica elemental: si hay una acusación así, debe
haber transparencia, investigación y rendición de cuentas. No basta con negar;
hay que esclarecer. Porque sin verdad, todo lo demás se vuelve teatro: la
libertad, la justicia, incluso la misericordia. Y, como insistía san Juan Pablo
II, la libertad no se sostiene sin verdad.
Después vino
la imagen. Rafael Tudares fue liberado y circuló una foto en la residencia del
embajador suizo. En esa escena aparece el arzobispo Biord junto a Tudares y su
esposa. Debería bastar con alegrarme por una vida recuperada; y me alegro. Pero
también me pregunto: ¿qué hace un arzobispo en un encuadre que el poder puede
usar como vitrina? ¿Es acompañamiento pastoral, o es un gesto que termina
siendo leído —con razón o sin ella— como lavado simbólico del poder? En una
dictadura, una foto puede valer más que cien discursos. Y los símbolos, en una
dictadura, rara vez son inocentes.
Sé que no es
justo meter a todos en el mismo saco. Sería injusto y sería falso. Pero también
sé que los regímenes autoritarios se alimentan de ambigüedades. Y cuando
figuras eclesiales insisten en la “negociación” como salida casi obligatoria,
aun después de fraudes, represión y acuerdos traicionados, el mensaje que
reciben las víctimas es devastador: “sigan esperando”. No: la Iglesia no puede
ser espectadora elegante del sufrimiento. Está llamada a ser voz, amparo y
límite moral.
Es desde ahí
—no desde el resentimiento— que escribo estas líneas: no para romper con la
Iglesia, sino para reclamarle fidelidad a su doctrina y valentía pastoral. No
busco condenas automáticas; busco coherencia. Que la Iglesia esté con las
víctimas sin calcular la foto. Que llame al mal por su nombre. Que corrija con
firmeza a quienes, desde dentro, se prestan al relato del poder o castigan a
los que dicen la verdad. Que recuerde que no es un partido ni una embajada: es
madre y maestra.
Y hoy,
precisamente hoy, Venezuela vive un momento propicio para que la Iglesia asuma
un rol más activo en beneficio de un pueblo largamente oprimido y en favor del
retorno a la democracia de forma ordenada. Eso empieza por lo más básico y lo
más urgente: exigir la liberación de todos los presos políticos, sin
ambigüedades, sin equilibrios retóricos, sin gestos que el poder pueda usar
para lavarse la cara. Porque, si tantos fieles preguntamos “¿de qué lado
están?”, no es por odio a la Iglesia, sino por amor a su verdad.

Como yo lo miro (y de seguro me equivoco) la pregunta correcta es si las iglesias tienen derecho a tomar partido y si por representar a todos deben ponerse de perfil ante el abuso del político encumbrado. La historia está plagada de ejemplos de este conflicto moral.
ResponderEliminarGracias por decirlo así, con honestidad.
EliminarYo también creo que ahí está el nudo: la Iglesia no debería ser “un partido”, pero tampoco puede ponerse de perfil cuando hay abuso y violación sistemática de derechos.
En esos casos, más que tomar partido político, se trata de tomar partido por la verdad, la dignidad humana y las víctimas.
¿Dónde pondrías tú la línea entre prudencia pastoral y silencio que termina siendo cómplice?
Siendo el socialismo del Siglo XXI un sistema con ideología comunista, marxista, pues también tiene sus adeptos, y entre esos se encuentran personajes de todos los sectores, incluyendo las iglesias católicas y evangélicas. Este sistema representa los antivalores de cualquier sociedad. Cómo ciudadanos creyentes, lo menos que esperamos es contar con la sensatez de la iglesia, como fuente de ejemplo en valores hacia el bien común. Esto es excelente, que suceda lo contrario, es positivo, así nos damos cuenta de las verdaderas intenciones de algunos representantes de la iglesia al estar del lado de un enfoque comunista o mantenerse al margen , le están dando la espalda a Dios para aplaudir al diablo. Se caen las caretas, deberían ser investigados también y aplicar las leyes respectivas si se demuestran casos de corrupción.
ResponderEliminarGracias, Deyanira.
EliminarComparto tu preocupación: cuando una ideología termina justificando la mentira, la violencia y la represión, se vuelve incompatible con cualquier ética cristiana.
Solo cuidaría una cosa: que la indignación no nos lleve a deshumanizar ni a “condenar en bloque”. Lo que sí es indispensable es claridad, transparencia y, si hay indicios serios, investigación y rendición de cuentas, también dentro de la Iglesia.
¿Tú qué crees que sería lo más urgente hoy: un pronunciamiento más firme o mecanismos concretos de transparencia interna?
Serían ambas acciones urgentes, según mi criterio.
EliminarLa Iglesia debería estar del lado de los oprimidos o ser imparcial, pero lamentablemente al ver a ese Sacerdote pedir la libertad de Maduro y Cilia es evidente que no es así, ya se evidenciaba con el Papa Francisco su inclinación hacia el comunismo y siempre guardó silencio sin importarle el sufrimiento de un pueblo...
ResponderEliminarEntiendo perfectamente tu molestia, porque ver una petición así en un contexto litúrgico puede sentirse como una bofetada para quienes han sufrido persecución y cárcel.
EliminarDicho eso, yo intento separar dos cosas: una cosa es que la Iglesia no se convierta en partido, y otra muy distinta es que calle o se preste —por acción u omisión— a narrativas que blanquean al opresor. Ahí sí hay un problema serio, porque la obligación moral es con la verdad y con las víctimas.
Sobre Francisco, mucha gente interpretó su énfasis social y su diplomacia como “inclinación”, pero incluso si uno discrepa de su estilo, lo decisivo es exigir coherencia concreta: claridad pública, corrección cuando se cruza una línea y acompañamiento real a los perseguidos.
Lo que demuestra tanto la “oracion” en la misa del deporte como la extorsion en el palacio arzobispal es la profundidad y el alcance de la destrucción de valores que conlleva un regimen de corruptos sin otra ideología que la del dinero y el poder para acabar con todos en un país para usarlo como plataforma de otras perversidades aun peores contra el continente.
ResponderEliminarLo que señalas es clave: cuando un régimen se sostiene en corrupción, dinero y poder, termina contaminando todo lo que toca, incluso espacios que deberían ser refugio moral. Y ahí el daño no es solo político: es espiritual y cultural.
EliminarPor eso, más allá de la indignación, lo urgente es exigir claridad y verdad: que la Iglesia no preste su imagen a ninguna narrativa del poder y que, si hay denuncias graves, se investiguen y se esclarezcan sin opacidad.