Los terremotos cambiaron el calendario de la historia
Sé que usted no leerá esta carta. Aun así, escribo, porque
frente al dolor de Venezuela el silencio también puede ser una forma de
complicidad.
Usted tiene muchos asesores que le hablan de mi país.
Algunos lo conocen bien. Otros no. Algunos quieren ayudar. Otros, como usted ya
habrá comprobado, solo quieren cuidar intereses, sabotear decisiones o proteger
restos del régimen.
Por eso quiero hablarle claro.
Cuando usted dice que el pueblo venezolano está feliz, que
baila en las calles, que celebra, está recibiendo una imagen incompleta, y en
parte falsa, de nuestra realidad.
Algunos enchufados estarán felices. Pero el pueblo
venezolano no está celebrando: está enterrando muertos, buscando
sobrevivientes, improvisando refugios, levantando escombros con las manos y
tratando de no quebrarse.
Si vio gente bailando en medio de la tragedia, quizás le
faltó contexto. La fiesta de San Juan se celebra bailando. No siempre quien
baila está feliz. Lo hace porque honra una tradición profunda, porque cumple un
rito, porque se aferra a algo que lo conecta con su historia cuando todo
alrededor parece venirse abajo.
También es posible que haya visto humor. Los venezolanos
hemos aprendido a tomarnos incluso las peores tragedias con algo de humor. No
porque no duelan o no entendamos la gravedad. Es una forma desesperada de
resistencia. A veces nos reímos para no quebrarnos. Quizás el humor no niega el
quiebre: quizás es una de sus formas.
Los venezolanos sabemos de resiliencia. La hemos demostrado
en la pobreza, en el exilio, en la persecución, en los apagones, en los
hospitales sin insumos y ahora también entre ruinas. Pero la resiliencia no
puede ser excusa para abandonarnos otra vez.
Y hay algo más que debe saber: Venezuela fue, durante
décadas, una tierra generosa. Recibimos españoles, portugueses, italianos y
tantos europeos que llegaron buscando futuro. Recibimos desplazados por las
dictaduras del Cono Sur. Recibimos colombianos que huían de la guerrilla y de
la violencia. Muchos encontraron en Venezuela una tierra de gracia, trabajo y
dignidad.
Por eso duele tanto que una de nuestras tragedias actuales,
además de emigrar, haya sido el trato recibido por algunos países y algunos
dirigentes, incluido usted. Está bien que se persiga a los criminales del Tren
de Aragua, hijos del sistema creado por los Rodríguez, por Cabello y por tantos
jefes de la estructura criminal del régimen. Pero no está bien la persecución
implacable contra venezolanos de bien que fueron a Estados Unidos a trabajar, a
producir, a pagar impuestos y a dar lo mejor de sí.
Esa es una deuda que usted tiene con nosotros. Y todavía
puede compensarla.
Usted hizo algo que millones de venezolanos agradecen: sacó
a Nicolás Maduro del poder y lo puso en manos de la justicia. Eso tiene un peso
histórico enorme. Pero no basta.
Porque el problema no era solo Maduro. El problema era, y
sigue siendo, una estructura de poder construida sobre represión, corrupción,
propaganda y desprecio por el ciudadano.
Cuando usted alaba a Delcy Rodríguez y presenta a la
Venezuela que ella administra como su nueva amiga o aliada, muchos venezolanos
sentimos algo muy distinto a gratitud. Sentimos que se está blanqueando a una
persona que pertenece a la misma estructura que nos destruyó. Usted perdone la
franqueza, pero para muchas víctimas Delcy no representa una transición:
representa continuidad del mismo daño, con otro discurso.
Yo entiendo la lógica inicial de su plan: estabilizar,
recuperar la economía y luego abrir paso a la transición democrática. Entiendo
que las transiciones no siempre son limpias ni agradables. A veces hay que
tragar grueso para evitar males peores. A veces se usan piezas del viejo
sistema para desmontar el sistema desde dentro.
La historia venezolana tiene un antecedente cercano a
nuestra memoria nacional. Cuando murió Juan Vicente Gómez, después de 27 años
de dictadura, no llegó la democracia plena al día siguiente. Su sucesor fue
Eleazar López Contreras, ministro de Guerra del propio régimen. La transición
fue lenta y contradictoria. Hubo represión. Pero también hubo señales: dejó el
uniforme, asumió una imagen civil, mandó a derribar La Rotunda, abrió espacios
de diálogo, llamó a sectores de la sociedad y presentó una hoja de ruta. No fue
perfecto, pero fue una compuerta.
Hoy Venezuela necesita señales de ese tamaño. No elogios. No
fotografías. No discursos. Hechos.
Y los terremotos cambiaron todo.
Lo que antes podía verse como una transición administrada,
hoy se ha convertido en una emergencia moral. No se puede dejar la
reconstrucción física, institucional y espiritual de Venezuela en manos de
quienes participaron en su destrucción.
Cuando su representante en Venezuela dice que los militares
venezolanos están colaborando con Estados Unidos, los venezolanos miramos
alrededor y vemos otra cosa: ausencia en los rescates, lentitud ante la
emergencia, obstáculos a la ayuda, persecución contra quienes quieren colaborar
y un aparato que antes se multiplicaba para reprimir, pero que ahora no aparece
con la misma fuerza para salvar vidas.
El pueblo, en cambio, sí está allí. Con las manos. Con
palas. Con lágrimas. Con vecinos rescatando vecinos. Con países amigos que no
vienen a ayudar a un gobierno, sino a un pueblo herido.
Por eso le digo: ya es un insulto pensar que los mismos
responsables de la ruina estén a cargo de la reconstrucción, aunque digan
seguir sus órdenes.
Usted entiende el poder. También entiende los símbolos. Y
este símbolo es insoportable.
Venezuela necesita que usted ajuste su plan a la nueva
realidad. La estrategia de tres fases puede seguir teniendo sentido, pero el
calendario y los responsables deben cambiar. La emergencia exige acelerar
decisiones, separar a los saboteadores, proteger la ayuda humanitaria y poner
la reconstrucción bajo vigilancia seria, internacional y venezolana legítima.
A quienes todavía controlan partes del aparato, usted puede
ofrecerles tres caminos: salida negociada y verificable; entrega a la justicia;
o consecuencias legales contundentes si sabotean la ayuda, reprimen al pueblo o
bloquean la transición.
No se trata de venganza. Se trata de límites.
Y no olvide algo fundamental: la última fase de su plan
habla de elecciones, pero Venezuela ya votó. El país ya habló. Si usted no
tiene completamente claro lo que ocurrió, hable con María Corina. En una hora
puede explicarle mejor que nadie la gesta ciudadana que el régimen intentó
borrar.
María Corina no es una opositora más. Representa autoridad
moral, inteligencia, coraje y conexión real con el pueblo venezolano. Cuídese
de quienes la minimizan por cálculo, miedo o envidia. Si quiere entender a
Venezuela, hable con ella y con quienes de verdad representan al país, no con
quienes aprendieron a sobrevivir negociando con nuestra tragedia.
Señor Trump, usted tiene en sus manos una oportunidad
histórica. Puede convertir a Venezuela en una victoria estratégica, pero
también en una victoria moral.
No entregue esa oportunidad a quienes destruyeron el país.
Hágase cargo de la reconstrucción física, moral e
institucional de Venezuela junto a quienes representan al pueblo, no junto a
quienes lo sometieron.
Venezuela no necesita otro cálculo. Necesita una decisión.
Y usted todavía está a tiempo de tomarla.

Excelente Gustavo
ResponderEliminarComo siempre, estimado Gustavo, es un excelente análisis digno de tu claro criterio. Es el mismo que, entre otras muchas cosas, me hace sentirme orgulloso de poder decir que eres mi amigo. La naturaleza también pone a prueba nuestro talente de Bravo Pueblo y no la vamos a defraudar; e ella, como dueña también de todos nosotros, va a hacer lo necesario para que el "que tenga que hacer lo que se debe hacer", lo ejecute sin dilación. Allá quedarán los que se creen que van a poder hacer eternamente lo que les provoque. ¡¡Gracias!!
ResponderEliminarExcelente Gustavo. Ojala le pudiera llegar a Trump
ResponderEliminarGustavo Excelente !!!!
ResponderEliminarMuy bien señor Yepes, gracias 🙏
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