Soy una persona de derechas. Creo en los valores de nuestra
civilización judeocristiana: el respeto a la vida, la dignidad humana, la
familia, la libertad de conciencia, la propiedad privada, la honestidad y la
responsabilidad individual. También creo en el respeto a quienes piensan
diferente.
Estos principios representan lo que entiendo por el bien. Sé
que otras personas tienen una concepción distinta. No las considero malas
personas por discrepar de mí. Defiendo mis convicciones y reconozco su derecho
a defender las suyas.
Ante las próximas elecciones en España, quiero compartir una
reflexión sobre el voto y la abstención.
Seguramente conoces a alguien que dice que no piensa votar.
Quizás tú mismo lo has pensado. Las razones son conocidas: «Todos los políticos
son iguales», «Hay demasiada corrupción», «Ninguno cumple sus promesas», «Mi
voto no cambiará nada».
Comprendo el desencanto. La corrupción debe investigarse y
castigarse, gobierne quien gobierne. La honestidad de los dirigentes importa, y
mucho. Pero hay algo que no podemos olvidar: las decisiones de los gobiernos
afectan nuestra vida cotidiana, independientemente de la opinión que tengamos
sobre quienes los integran.
Pensemos en nuestros hijos y nietos. ¿Qué educación reciben?
¿Qué libertad tenemos para elegirla de acuerdo con nuestras convicciones?
Pensemos también en el respeto a la propiedad privada, los impuestos que
pagamos, las políticas familiares, los contenidos de los medios públicos o las
actividades que las administraciones deciden financiar con nuestro dinero.
No son asuntos abstractos. Son decisiones que entran en
nuestros hogares y que pueden favorecer o dificultar la defensa de nuestros
valores.
Los partidos tienen propuestas diferentes sobre estas
cuestiones. Ningún gobierno garantiza que se cumplirán nuestras expectativas,
pero esas diferencias existen y merecen ser examinadas.
No necesito admirar a un político para reconocer que sus
decisiones pueden favorecer los valores que defiendo. Tampoco tengo que
justificar sus errores para reconocer sus aciertos. Una cosa es la confianza
que me inspira una persona y otra las consecuencias de sus decisiones de
gobierno.
Por eso, antes de concluir que todos son iguales, conviene
preguntarnos si realmente lo son en aquello que consideramos fundamental.
Hay otro aspecto que merece nuestra atención.
Cuando alguien respetado por su familia, sus amigos o su
entorno afirma que «votar no sirve para nada», su opinión puede influir en
quienes confían en él. Algunos podrían repetir sus argumentos sin haberlos
examinado. Otros podrían encontrar en ellos una justificación para su propio
desencanto.
No sabemos cuántas personas pueden verse influidas por una
declaración semejante. Pero sabemos que nuestras palabras tienen consecuencias
y que, cuando hablamos desde una posición de confianza, conviene ser
especialmente responsables.
La abstención es un derecho y una decisión de conciencia.
Respeto a quien la ejerce. También creo que la participación democrática merece
una reflexión que vaya más allá de la simpatía o antipatía que nos despiertan
los políticos.
Para mí, defender unos valores significa algo más que
proclamarlos. Significa preocuparme por las decisiones que pueden fortalecerlos
o debilitarlos. No espero gobernantes perfectos ni soluciones milagrosas. Pero
sí creo que importa quién gobierna, qué principios defiende y cómo sus
decisiones afectan nuestra vida cotidiana.
Respeto a quien, por razones de conciencia, decide no votar.
Solo le pediría que reflexione antes de convertir su desencanto en un argumento
para que otros tampoco lo hagan.
Porque las elecciones pasan, los políticos cambian y los
gobiernos terminan. Pero las consecuencias de sus decisiones permanecen, muchas
veces en la vida de nuestros hijos y nietos.

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